Primer capitulo de mi nueva novela.
A sus oídos llegó el sonido de una horrible canción que emitían por la radio, por la ventana entraba la cálida brisa de la tarde, se acercó a la mesa de noche, apagó la radio y sacó un tabaco que tenía guardado en el cajón. Lo encendió y recordó que debía ir a cortarse el cabello. Después de fumar tranquilamente, se puso su camisa y salió del apartamento.
Mientras caminaba a través de la multitud de la calle y trataba de organizar sus pensamientos, vio a lo lejos una mujer que llamó su atención, le hizo dudar sobre algo… ella, que abría la puerta de un taxi, le había provocado recuerdos de antaño, de su juventud. Se subió al taxi y se perdió en la marea de autos que van y vienen en medio de la avenida. Él permaneció suspendido en sí mismo, recordando lo que había sucedido con esa mujer hace muchos años: una historia que le había sido indiferente hasta este momento.
Siguió caminando hasta llegar a la barbería, se sentó donde le correspondía; vio su reflejo en el espejo y por primera vez notó que estaba envejeciendo. Relajó sus manos sobre sus rodillas. El barbero sacó las tijeras, le aplicó loción en el cuello, y él se entregó al recuerdo.
jueves, 1 de marzo de 2012
martes, 21 de febrero de 2012
La desesperación
La desesperación.
Sentí algunas caricias sobre mis ojos, y lentamente una cosquilla en todo mi rostro… eran los soplos de brisa que el abanico empujaba hacia mí.
Abrí los ojos y vi la cortina azul que se movía, dejando entrar algunos rayos de luz, por culpa de la brisa que entraba por la ventana. Me senté al borde de la cama y sentí el peso de la noche anterior, un amargo trago de saliva me dio los buenos días, estiré mis pies y luego vi el cuerpo de espalda de alguien que dormía en la otra cama, le escuché llorar. Me alarmé y quise acercarme para ver qué le hacía llorar. Me levanté y me senté en su cama, con mi mano toqué su hombro, sentí que su llanto era muy femenino; vi su rostro y me di cuenta de que no era mi hermano, sino ella… Ana.
La vi a los ojos y ella me vio a mí. Vi sus dulces ojos negros que brillaban tristemente, empapados de cálidas lágrimas que se derramaban suavemente por sus mejillas. Ella arrugaba su rostro y pataleaba un poco desesperada. Le pregunté cómo estaba, pero sólo me dijo que se sentía mal. Siguió llorando, y ahora agarraba mi mano fuertemente, sus lágrimas se desesperaron, y así mismo sus piernas, que debajo de las sábanas que las cubrían, se revolvían de un lado a otro, golpeando el colchón, y a veces, temblando ligeramente.
Sentí sus dedos entre los míos, la fuerza con la que apretaba mi mano se iba disipando lentamente hasta quedar como una mano sobre otra. Con mi otra mano toqué su frente y sentí ese insoportable calor que se apoderaba de su piel. La vi a los ojos y sus lágrimas se derramaban nuevamente; sentí su cálida respiración que se mezclaba en el ambiente y me envolvía con toda la tristeza e intranquilidad por la cual ella estaba pasando; sus gemidos eran como una melodía desafinada que penetraba mi cabeza para empujarme a la profunda oscuridad del infierno.
Me levanté de la cama y me vestí, abrí las cortinas y el cuarto se llenó de la luz de la mañana. Recogí mis sabanas y las puse debajo de la almohada, luego la vi a ella y agarré sus sabanas, pero ella no me dejaba quitárselas, las jalé con más fuerza y ella sólo sintió el deslizar de la tela sobre su piel. Quité las sabanas que cubrían su adolorido cuerpo y la vi desnuda… desnuda y delicada, vi su cuerpo y vi el rosado y el blanco que lo adornan, son colores que se mezclan constantemente de un lado a otro. Entrecruzó sus piernas y con sus manos se tapó sus hermosos senos; me miró a los ojos, diciéndome con su mirada que estaba desnuda, cuando yo mismo la estaba mirando. Dejé a un lado cualquier pensamiento morboso y dejé de contemplar su cuerpo desnudo, busqué su ropa y la ayudé a vestirse: primero las bragas, luego el pantalón, la blusa, medias, y por último, los zapatos.
Le ofrecí mi mano para ayudarla a levantarse, le dije que la llevaría a donde algún médico. Ella me miró y empezó a llorar nuevamente, se aferró a mi pecho y escondió su rostro debajo del mío. La abracé y le dije que todo iba a estar bien. La llevé de la mano hasta la puerta de la casa, tomé las llaves del auto, pero éste no encendió; intenté varias veces pero nada funcionó. Salí de la casa y la llevaba de la mano, sentía el calor de su cuerpo traspasar mi piel, su llanto incrementaba con cada paso que dábamos.
Llegamos a la esquina y no vi ni un solo taxi, no había nadie alrededor, el sonido del viento acariciaba mis oídos con el silbido de la soledad que me impacientaba lentamente.
Se me ocurrió llevarla a la casa de un amigo, quien era hijo de un buen médico. Mientras nos acercábamos a la casa del médico, el llanto de Ana incrementaba de manera desesperante; sin esperarlo, ella cayó al suelo, desesperada, dando gemidos fuertes que se mezclaban con la mirada de las nubes que estaban impertérritas allá arriba. La tomé entre mis brazos y la cargué, ella rodeó mi cuello con sus brazos y me miraba mientras derramaba ese mar desesperado de lágrimas.
Empecé a caminar, pero me di cuenta de que entre más caminaba, más cansado me sentía, era difícil avanzar, y con cada paso adelante, eran como tres pasos para atrás.
El calor de su cuerpo aumentó, tanto que podía sentirlo a través de su ropa. Su respiración se impregnaba en mi piel, sentía el anhelo de su alma de poder estar bien, pero yo no sabía qué hacer exactamente para ayudarla.
Avanzaba y avanzaba, pero no llegaba a la casa del médico, me cansé y pensé en cruzar la calle para llevarla al hospital, que estaba bien lejos, pero, no pensé en la distancia, pensé en ayudarla. Crucé la calle y atravesé el parque, vi el puente, pero al acercarme a él, era como ir caminando suspendido en el aire. Ella se volvía más pesada y más caliente.
Su gemido era como el canto de miles y miles de maniquíes rosados sin rostro que caminan sin ver a dónde y se tropiezan unos con otros en una plaza gigante.
Mis fuerzas se iban de mi cuerpo y no podía seguir, pero la voluntad en mi corazón era tan grande que aún la seguía cargando con mis brazos, dando dolorosos pasos adelante, que de nada servían.
Antes de caer moribundo al suelo, me arrodillé y la acosté sobre el pavimento. Ella se aferró a mi brazo como si fuera la única esperanza de vida que le queda. Ahora no sólo lloraba y gemía, sino que gritaba, gritaba y me pedía que la ayudara, pero yo no sabía qué hacer, no podía llevarla a ningún sitio porque por más que lo intentaba sólo lograba llegar a ningún lugar. No había nadie a quien pedirle ayuda. Sólo yo estoy aquí a su lado, viéndola llorar y sufrir mientras que mi corazón empezaba a destrozarse lentamente.
Sus alaridos y gemidos se mezclaban como un horrible charco de pintura oscura que se revuelve en los rincones más incómodos del cuerpo; taladraban mi mente y envenenaban mi alma con la desesperación e impotencia que surgía en mí por ser tan insuficiente para ella.
Entonces le grité y le pedí que se callara. Ella me miró atónita, mientras trataba de contener los gemidos y las lágrimas provocadas por ese intenso dolor en su cuerpo.
Con una de mis manos limpié el borde de sus ojos y le pedí que se tranquilizara.
Vi su nariz, sus cejas, labios, acomodé su cabello y su rostro sólo era la imagen más hermosa que expresaba el dolor más intenso antes conocido. Ella, con su mano, acarició mi rostro, tocó mis labios, mi nariz, mis ojos.
No volvió a llorar.
Me miraba fijamente mientras dejaba escapar el aliento que guardaba. Intenté tomarlo entre mis manos y devolvérselo, pero… el aliento se escapó y subió al cielo, se mezcló con las nubes y se perdió en toda la extensión del mundo físico.
Quedé con su cuerpo entre mis brazos, llorándola, aferrándome a su pecho y a su rostro, mirando sus labios muertos que ya no se movían, sintiendo las lágrimas que se derramaban por mis mejillas y que goteaban por mi barbilla, caían sobre su cuello y se secaban, elevándose al cielo, buscando su aliento.
Ella se había ido y yo no pude hacer nada para ayudarla… no pude hacer nada más que verla llorar mientras que la muerte se la llevaba de la mano.
Juan Pablo Valderrama Pino.
Sentí algunas caricias sobre mis ojos, y lentamente una cosquilla en todo mi rostro… eran los soplos de brisa que el abanico empujaba hacia mí.
Abrí los ojos y vi la cortina azul que se movía, dejando entrar algunos rayos de luz, por culpa de la brisa que entraba por la ventana. Me senté al borde de la cama y sentí el peso de la noche anterior, un amargo trago de saliva me dio los buenos días, estiré mis pies y luego vi el cuerpo de espalda de alguien que dormía en la otra cama, le escuché llorar. Me alarmé y quise acercarme para ver qué le hacía llorar. Me levanté y me senté en su cama, con mi mano toqué su hombro, sentí que su llanto era muy femenino; vi su rostro y me di cuenta de que no era mi hermano, sino ella… Ana.
La vi a los ojos y ella me vio a mí. Vi sus dulces ojos negros que brillaban tristemente, empapados de cálidas lágrimas que se derramaban suavemente por sus mejillas. Ella arrugaba su rostro y pataleaba un poco desesperada. Le pregunté cómo estaba, pero sólo me dijo que se sentía mal. Siguió llorando, y ahora agarraba mi mano fuertemente, sus lágrimas se desesperaron, y así mismo sus piernas, que debajo de las sábanas que las cubrían, se revolvían de un lado a otro, golpeando el colchón, y a veces, temblando ligeramente.
Sentí sus dedos entre los míos, la fuerza con la que apretaba mi mano se iba disipando lentamente hasta quedar como una mano sobre otra. Con mi otra mano toqué su frente y sentí ese insoportable calor que se apoderaba de su piel. La vi a los ojos y sus lágrimas se derramaban nuevamente; sentí su cálida respiración que se mezclaba en el ambiente y me envolvía con toda la tristeza e intranquilidad por la cual ella estaba pasando; sus gemidos eran como una melodía desafinada que penetraba mi cabeza para empujarme a la profunda oscuridad del infierno.
Me levanté de la cama y me vestí, abrí las cortinas y el cuarto se llenó de la luz de la mañana. Recogí mis sabanas y las puse debajo de la almohada, luego la vi a ella y agarré sus sabanas, pero ella no me dejaba quitárselas, las jalé con más fuerza y ella sólo sintió el deslizar de la tela sobre su piel. Quité las sabanas que cubrían su adolorido cuerpo y la vi desnuda… desnuda y delicada, vi su cuerpo y vi el rosado y el blanco que lo adornan, son colores que se mezclan constantemente de un lado a otro. Entrecruzó sus piernas y con sus manos se tapó sus hermosos senos; me miró a los ojos, diciéndome con su mirada que estaba desnuda, cuando yo mismo la estaba mirando. Dejé a un lado cualquier pensamiento morboso y dejé de contemplar su cuerpo desnudo, busqué su ropa y la ayudé a vestirse: primero las bragas, luego el pantalón, la blusa, medias, y por último, los zapatos.
Le ofrecí mi mano para ayudarla a levantarse, le dije que la llevaría a donde algún médico. Ella me miró y empezó a llorar nuevamente, se aferró a mi pecho y escondió su rostro debajo del mío. La abracé y le dije que todo iba a estar bien. La llevé de la mano hasta la puerta de la casa, tomé las llaves del auto, pero éste no encendió; intenté varias veces pero nada funcionó. Salí de la casa y la llevaba de la mano, sentía el calor de su cuerpo traspasar mi piel, su llanto incrementaba con cada paso que dábamos.
Llegamos a la esquina y no vi ni un solo taxi, no había nadie alrededor, el sonido del viento acariciaba mis oídos con el silbido de la soledad que me impacientaba lentamente.
Se me ocurrió llevarla a la casa de un amigo, quien era hijo de un buen médico. Mientras nos acercábamos a la casa del médico, el llanto de Ana incrementaba de manera desesperante; sin esperarlo, ella cayó al suelo, desesperada, dando gemidos fuertes que se mezclaban con la mirada de las nubes que estaban impertérritas allá arriba. La tomé entre mis brazos y la cargué, ella rodeó mi cuello con sus brazos y me miraba mientras derramaba ese mar desesperado de lágrimas.
Empecé a caminar, pero me di cuenta de que entre más caminaba, más cansado me sentía, era difícil avanzar, y con cada paso adelante, eran como tres pasos para atrás.
El calor de su cuerpo aumentó, tanto que podía sentirlo a través de su ropa. Su respiración se impregnaba en mi piel, sentía el anhelo de su alma de poder estar bien, pero yo no sabía qué hacer exactamente para ayudarla.
Avanzaba y avanzaba, pero no llegaba a la casa del médico, me cansé y pensé en cruzar la calle para llevarla al hospital, que estaba bien lejos, pero, no pensé en la distancia, pensé en ayudarla. Crucé la calle y atravesé el parque, vi el puente, pero al acercarme a él, era como ir caminando suspendido en el aire. Ella se volvía más pesada y más caliente.
Su gemido era como el canto de miles y miles de maniquíes rosados sin rostro que caminan sin ver a dónde y se tropiezan unos con otros en una plaza gigante.
Mis fuerzas se iban de mi cuerpo y no podía seguir, pero la voluntad en mi corazón era tan grande que aún la seguía cargando con mis brazos, dando dolorosos pasos adelante, que de nada servían.
Antes de caer moribundo al suelo, me arrodillé y la acosté sobre el pavimento. Ella se aferró a mi brazo como si fuera la única esperanza de vida que le queda. Ahora no sólo lloraba y gemía, sino que gritaba, gritaba y me pedía que la ayudara, pero yo no sabía qué hacer, no podía llevarla a ningún sitio porque por más que lo intentaba sólo lograba llegar a ningún lugar. No había nadie a quien pedirle ayuda. Sólo yo estoy aquí a su lado, viéndola llorar y sufrir mientras que mi corazón empezaba a destrozarse lentamente.
Sus alaridos y gemidos se mezclaban como un horrible charco de pintura oscura que se revuelve en los rincones más incómodos del cuerpo; taladraban mi mente y envenenaban mi alma con la desesperación e impotencia que surgía en mí por ser tan insuficiente para ella.
Entonces le grité y le pedí que se callara. Ella me miró atónita, mientras trataba de contener los gemidos y las lágrimas provocadas por ese intenso dolor en su cuerpo.
Con una de mis manos limpié el borde de sus ojos y le pedí que se tranquilizara.
Vi su nariz, sus cejas, labios, acomodé su cabello y su rostro sólo era la imagen más hermosa que expresaba el dolor más intenso antes conocido. Ella, con su mano, acarició mi rostro, tocó mis labios, mi nariz, mis ojos.
No volvió a llorar.
Me miraba fijamente mientras dejaba escapar el aliento que guardaba. Intenté tomarlo entre mis manos y devolvérselo, pero… el aliento se escapó y subió al cielo, se mezcló con las nubes y se perdió en toda la extensión del mundo físico.
Quedé con su cuerpo entre mis brazos, llorándola, aferrándome a su pecho y a su rostro, mirando sus labios muertos que ya no se movían, sintiendo las lágrimas que se derramaban por mis mejillas y que goteaban por mi barbilla, caían sobre su cuello y se secaban, elevándose al cielo, buscando su aliento.
Ella se había ido y yo no pude hacer nada para ayudarla… no pude hacer nada más que verla llorar mientras que la muerte se la llevaba de la mano.
Juan Pablo Valderrama Pino.
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