jueves, 1 de marzo de 2012

Una mancha en el suelo (primer capitulo de mi nueva novela)

Primer capitulo de mi nueva novela.

A sus oídos llegó el sonido de una horrible canción que emitían por la radio, por la ventana entraba la cálida brisa de la tarde, se acercó a la mesa de noche, apagó la radio y sacó un tabaco que tenía guardado en el cajón. Lo encendió y recordó que debía ir a cortarse el cabello. Después de fumar tranquilamente, se puso su camisa y salió del apartamento.

Mientras caminaba a través de la multitud de la calle y trataba de organizar sus pensamientos, vio a lo lejos una mujer que llamó su atención, le hizo dudar sobre algo… ella, que abría la puerta de un taxi, le había provocado recuerdos de antaño, de su juventud. Se subió al taxi y se perdió en la marea de autos que van y vienen en medio de la avenida. Él permaneció suspendido en sí mismo, recordando lo que había sucedido con esa mujer hace muchos años: una historia que le había sido indiferente hasta este momento.

Siguió caminando hasta llegar a la barbería, se sentó donde le correspondía; vio su reflejo en el espejo y por primera vez notó que estaba envejeciendo. Relajó sus manos sobre sus rodillas. El barbero sacó las tijeras, le aplicó loción en el cuello, y él se entregó al recuerdo.

martes, 21 de febrero de 2012

La desesperación

La desesperación.

Sentí algunas caricias sobre mis ojos, y lentamente una cosquilla en todo mi rostro… eran los soplos de brisa que el abanico empujaba hacia mí.

Abrí los ojos y vi la cortina azul que se movía, dejando entrar algunos rayos de luz, por culpa de la brisa que entraba por la ventana. Me senté al borde de la cama y sentí el peso de la noche anterior, un amargo trago de saliva me dio los buenos días, estiré mis pies y luego vi el cuerpo de espalda de alguien que dormía en la otra cama, le escuché llorar. Me alarmé y quise acercarme para ver qué le hacía llorar. Me levanté y me senté en su cama, con mi mano toqué su hombro, sentí que su llanto era muy femenino; vi su rostro y me di cuenta de que no era mi hermano, sino ella… Ana.

La vi a los ojos y ella me vio a mí. Vi sus dulces ojos negros que brillaban tristemente, empapados de cálidas lágrimas que se derramaban suavemente por sus mejillas. Ella arrugaba su rostro y pataleaba un poco desesperada. Le pregunté cómo estaba, pero sólo me dijo que se sentía mal. Siguió llorando, y ahora agarraba mi mano fuertemente, sus lágrimas se desesperaron, y así mismo sus piernas, que debajo de las sábanas que las cubrían, se revolvían de un lado a otro, golpeando el colchón, y a veces, temblando ligeramente.

Sentí sus dedos entre los míos, la fuerza con la que apretaba mi mano se iba disipando lentamente hasta quedar como una mano sobre otra. Con mi otra mano toqué su frente y sentí ese insoportable calor que se apoderaba de su piel. La vi a los ojos y sus lágrimas se derramaban nuevamente; sentí su cálida respiración que se mezclaba en el ambiente y me envolvía con toda la tristeza e intranquilidad por la cual ella estaba pasando; sus gemidos eran como una melodía desafinada que penetraba mi cabeza para empujarme a la profunda oscuridad del infierno.

Me levanté de la cama y me vestí, abrí las cortinas y el cuarto se llenó de la luz de la mañana. Recogí mis sabanas y las puse debajo de la almohada, luego la vi a ella y agarré sus sabanas, pero ella no me dejaba quitárselas, las jalé con más fuerza y ella sólo sintió el deslizar de la tela sobre su piel. Quité las sabanas que cubrían su adolorido cuerpo y la vi desnuda… desnuda y delicada, vi su cuerpo y vi el rosado y el blanco que lo adornan, son colores que se mezclan constantemente de un lado a otro. Entrecruzó sus piernas y con sus manos se tapó sus hermosos senos; me miró a los ojos, diciéndome con su mirada que estaba desnuda, cuando yo mismo la estaba mirando. Dejé a un lado cualquier pensamiento morboso y dejé de contemplar su cuerpo desnudo, busqué su ropa y la ayudé a vestirse: primero las bragas, luego el pantalón, la blusa, medias, y por último, los zapatos.

Le ofrecí mi mano para ayudarla a levantarse, le dije que la llevaría a donde algún médico. Ella me miró y empezó a llorar nuevamente, se aferró a mi pecho y escondió su rostro debajo del mío. La abracé y le dije que todo iba a estar bien. La llevé de la mano hasta la puerta de la casa, tomé las llaves del auto, pero éste no encendió; intenté varias veces pero nada funcionó. Salí de la casa y la llevaba de la mano, sentía el calor de su cuerpo traspasar mi piel, su llanto incrementaba con cada paso que dábamos.

Llegamos a la esquina y no vi ni un solo taxi, no había nadie alrededor, el sonido del viento acariciaba mis oídos con el silbido de la soledad que me impacientaba lentamente.

Se me ocurrió llevarla a la casa de un amigo, quien era hijo de un buen médico. Mientras nos acercábamos a la casa del médico, el llanto de Ana incrementaba de manera desesperante; sin esperarlo, ella cayó al suelo, desesperada, dando gemidos fuertes que se mezclaban con la mirada de las nubes que estaban impertérritas allá arriba. La tomé entre mis brazos y la cargué, ella rodeó mi cuello con sus brazos y me miraba mientras derramaba ese mar desesperado de lágrimas.

Empecé a caminar, pero me di cuenta de que entre más caminaba, más cansado me sentía, era difícil avanzar, y con cada paso adelante, eran como tres pasos para atrás.

El calor de su cuerpo aumentó, tanto que podía sentirlo a través de su ropa. Su respiración se impregnaba en mi piel, sentía el anhelo de su alma de poder estar bien, pero yo no sabía qué hacer exactamente para ayudarla.
Avanzaba y avanzaba, pero no llegaba a la casa del médico, me cansé y pensé en cruzar la calle para llevarla al hospital, que estaba bien lejos, pero, no pensé en la distancia, pensé en ayudarla. Crucé la calle y atravesé el parque, vi el puente, pero al acercarme a él, era como ir caminando suspendido en el aire. Ella se volvía más pesada y más caliente.

Su gemido era como el canto de miles y miles de maniquíes rosados sin rostro que caminan sin ver a dónde y se tropiezan unos con otros en una plaza gigante.

Mis fuerzas se iban de mi cuerpo y no podía seguir, pero la voluntad en mi corazón era tan grande que aún la seguía cargando con mis brazos, dando dolorosos pasos adelante, que de nada servían.

Antes de caer moribundo al suelo, me arrodillé y la acosté sobre el pavimento. Ella se aferró a mi brazo como si fuera la única esperanza de vida que le queda. Ahora no sólo lloraba y gemía, sino que gritaba, gritaba y me pedía que la ayudara, pero yo no sabía qué hacer, no podía llevarla a ningún sitio porque por más que lo intentaba sólo lograba llegar a ningún lugar. No había nadie a quien pedirle ayuda. Sólo yo estoy aquí a su lado, viéndola llorar y sufrir mientras que mi corazón empezaba a destrozarse lentamente.

Sus alaridos y gemidos se mezclaban como un horrible charco de pintura oscura que se revuelve en los rincones más incómodos del cuerpo; taladraban mi mente y envenenaban mi alma con la desesperación e impotencia que surgía en mí por ser tan insuficiente para ella.

Entonces le grité y le pedí que se callara. Ella me miró atónita, mientras trataba de contener los gemidos y las lágrimas provocadas por ese intenso dolor en su cuerpo.

Con una de mis manos limpié el borde de sus ojos y le pedí que se tranquilizara.

Vi su nariz, sus cejas, labios, acomodé su cabello y su rostro sólo era la imagen más hermosa que expresaba el dolor más intenso antes conocido. Ella, con su mano, acarició mi rostro, tocó mis labios, mi nariz, mis ojos.

No volvió a llorar.

Me miraba fijamente mientras dejaba escapar el aliento que guardaba. Intenté tomarlo entre mis manos y devolvérselo, pero… el aliento se escapó y subió al cielo, se mezcló con las nubes y se perdió en toda la extensión del mundo físico.

Quedé con su cuerpo entre mis brazos, llorándola, aferrándome a su pecho y a su rostro, mirando sus labios muertos que ya no se movían, sintiendo las lágrimas que se derramaban por mis mejillas y que goteaban por mi barbilla, caían sobre su cuello y se secaban, elevándose al cielo, buscando su aliento.

Ella se había ido y yo no pude hacer nada para ayudarla… no pude hacer nada más que verla llorar mientras que la muerte se la llevaba de la mano.













Juan Pablo Valderrama Pino.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Ella.

Ella se acercaba sensualmente con pasos llenos de pasión y felicidad, su inocencia brillaba en sus ojos, y su corazón limpio gemía de placer mientras me miraba fijamente a los ojos.
Sentí paz, alegría… amor.

Toqué su piel suave y tibia, acaricié su cuerpo y le entregué mi corazón; nunca nadie me había hecho sentir así. Ni siquiera las conversaciones calientes que tuve con mujeres expertas me hacían sentir esta atracción armónica entre placer, amor, espíritu, y cuerpo. Nunca antes me había sentido tan cómodo y bien al lado de una mujer… cosas como estas sólo las sabe hacer ella.

Me recosté sobre las sabanas desordenadas que bailaron junto con nuestros cuerpos, ella quedó cansada y me miraba satisfecha; yo también la miraba y sentía que explotaba de felicidad, sentía que cada caricia continuaba endulzando mi oído. Las maravillas más grandes suceden en medio del amor… pero las desgracias más horribles se deslizan suavemente como un líquido espeso cuando dejamos que a nuestro corazón entren intrusos.

Cerré mis ojos y sentí mi cuerpo reposando sobre la cama, sentí el cuerpo de ella que se movía muy poco, porque quería descansar; sentí mis manos, sentí el latir de mi corazón.
Decidí levantarme e ir al baño, me miré al espejo y empecé a detallar cada línea de mi rostro. Sólo me miraba sin gestos, me miraba como cuando se mira detenidamente algo.

Toqué mi pecho izquierdo con mi mano derecha y sentí nuevamente cómo mi corazón empujaba mi carne en un movimiento sincronizado. Cuando quise volver a salir, giré mi rostro y vi la puerta que se abría con delicadeza… era ella, que con su cabello castaño oscuro y sus ojos felices venía para darme un abrazo. No dijo nada, sólo me abrazo, yo la abracé también y quedamos de pie y en silencio. Sentí el calor de sus senos que atravesaba mi piel y sentía el latir de su corazón… sentí su amor y su alegría, y me sentí bien, porque era yo quien causaba eso en ella.

Parece charlando, pero cada vez que recuerdo esos momentos hermosos, es como si me sumergiera en un dulce sueño del cual no quiero despertar, es como sentir unos brazos suaves que cuando te abrazan sientes que no quieres irte nunca. Pero hay que abrir los ojos y sentir el azote de la realidad, hay que poner la mejilla para que el sufrimiento golpee bien duro… sólo así sabré de qué estoy hecho. ¿Creen que me rendiré? En medio de todas las desgracias en las que me pongan siempre encontraré la manera de mirar la luz, aunque por mucho tiempo me dedique a derramar lágrimas.

Miro a la pared y cuelgo fotografías de lo que alguna vez viví, las dejó para recordarlas con gusto y saber que puedo seguir viviendo. De alguna manera encontraré el lugar donde mi corazón pueda tomar un baño y se limpie de todas las impurezas que los demás han querido depositar en mí, y que yo permití.

¿Dónde están las caricias que esa noche recibí con tanto cariño? ¿Dónde están esos hermosos ojos que me miraban con pasión? ¿Dónde está ella? ¿En qué momento se fue? ¿Por qué no me di cuenta?

Son tantas preguntas que se revuelven en mi mente cada noche, mi corazón se acelera y no logro dormir, ¿A quién puedo decirle esto? ¿Quién me escuchará? No importa, de alguna manera las cicatrices se borrarán y cuando sea viejo y vea mis manos, sabré que mis días en este mundo valieron la pena, porque una noche de un 25 de junio estuve con ella, completamente con ella.

Muerte en el silencio.

Me levanté de la cama y encontré mi ropa sucia tirada en desorden sobre el suelo. Miré a través de la ventana y no había trafico… hoy será de esos días en los que no encuentro razones para querer seguir viviendo, y vivo en esta mortal suspensión que sólo me deja el amargo sabor de los segundos que pasaron sin que yo me diera cuenta.

Luego de vestirme decidí salir para buscar mi desayuno en la tienda. Podía sentir un leve peso en mis parpados y los latidos de mi estomago hambriento.

Empecé a caminar mientras sentía un suave mareo que se disolvía en mi cabeza, pude ver algunas nubes que el viento empujaba disimuladamente sobre mí. Crucé la calle y escuché a lo lejos una melodía que me recordaba los besos de Adriana, se envolvió en mi mente como cuando alguien descarga sobre otro una nube espesa de tabaco.

Fue como un golpe inesperado, mi corazón explotó y se empezó a desangrar delicadamente en mi interior. Ahora tenía un agujero en mí, un agujero que absorbía mi alma con hambre de luz. La tristeza se posesionaba de mi vida mientras yo caminaba con mi rostro muerto de expresión; el espejo que reflejaba esta inexpresión era el viento que chocaba contra las paredes de las casas y contra el suelo.

Mientras más me acercaba a la tienda, empezaba a sentir una presión en mi pecho, era como si un mar de lágrimas estuviera a punto de desbordarse por mis ojos… eran todas lágrimas que ya había llorado por muchas noches hace meses. Cada paso que daba era como hundirme más en recuerdos y emociones que desgarraban mi piel con delicadeza.

A lo lejos vi el aviso de la tienda, no había nadie cerca; miré al cielo y vi cómo las nubes cambiaron de color… se agruparon como si quisieran estrellarse y combinarse en una sola masa gigantesca. Una pequeña gota cayó en mi hombro, era una gota cálida y de color morado; empezaron a caer más gotas de diferentes colores, y sin que yo me diera cuenta, la calle se empezó a llenar de color.

Seguía caminando con mi corazón destruido mientras esas gotas se aglomeraban y formaban una masa de colores mezclados. Mi caminar se dificultaba mientras esa masa crecía más y más; y entre más crecía incrementaba el dolor en mi alma.

Volví a levantar la mirada y vi unas aves que cruzaban el cielo y dejaban en mí el anhelo de abrir mis alas y escapar de este lugar, de los recuerdos que hoy me atan al suelo y me hacen sangrar por dentro. Mi cabeza palpitaba como si mi corazón estuviera en el lugar de mi cerebro… de mi nariz empezó a salir sangre… se deslizaba suavemente sobre mis labios y goteaba por el borde de mi barbilla… y la masa asquerosa de pintura mezclada seguía creciendo, ahora me llegaba hasta las rodillas.

Escuché muchos lamentos y alaridos que invadían mis oídos; levanté mis brazos y grité con todas mis fuerzas, pero ni el eco de mi voz escuché, sólo vi que mis alientos se perdían en lontananza y mis fuerzas se disipaban con el sonido de las gotas al caer sobre la superficie de la masa que me tragaba.

Traté de buscar una reja en la que me pudiera trepar, pero no encontraba nada. Llegué a la esquina y escuché un gemido silencioso, sentí rasguños y quejas mudas… vi y eran maniquíes rosados que se hundían en esta asquerosa masa que me tragaba. Esos maniquíes se acercaban a mí lentamente, yo me iba ahogando cada vez más en la masa que ahora se tornaba de color negro… un horrible pájaro apareció en el cielo y me miró.

Empecé a llorar como un niño pequeño lleno de miedo; no era miedo, era ¡terror!

Los maniquíes seguían acercándose y el horrible pájaro me seguía mirando; me di la vuelta y vi a una mujer desagradable vestida de gris, su cabello enmarañado y muy largo se ensuciaba con la masa que iba aumentando de tamaño. De las manos de esa mujer destilaba sangre, esa sangre se coagulaba en la punta de sus dedos y se evaporaba mientras caminaba, el olor de la sangre evaporada me embriagaba y me hacía sentir ganas de vomitar.

Ella, la soledad, se acercaba para hacerme el amor, para apropiarse de mí, para hacerse dueña de mis días y mis noches. Me llené de mucho más terror, ahora temblaba con la mitad de mi cuerpo inmerso en esta maldita masa que seguía creciendo.

El horrible pájaro bajó del cielo y vino sobre mí para comer mi carne, mis manos estaban débiles y yo no podía hacer nada.

Sentía este dolor que me absorbía y se alimentaba de mi tristeza… sólo por un recuerdo estoy a punto de morir; estoy en medio del silencio de todo este acontecimiento y nadie sabe lo que sucede.

¡No hay nadie!

Solo estos maniquíes rosados y la soledad a mis espaldas.




Juan Pablo Valderrama Pino.

miércoles, 22 de junio de 2011

Secuestrado por las emociones.

¿A dónde me llevan?...

Resulta gracioso que desde hace unos cuantos días, una sensación extraña surgió en mí interior. Una especie de vacío se estaba apoderando de toda mi existencia; placentero en parte y doloroso por otro lado.

Me levanté de mi cama y me quedé con los pies paralelos apoyados sobre la alfombra. Me sujetaba el cabello con cierta violencia que no llegaba siquiera a los horizontes del dolor, mis ojos desorbitados no sabían qué mirar. Dejé mi estado apático a un lado y me decidí por ir a la tienda a ver qué podría provocarme como desayuno.

La tienda de la señora Martha es algo fresca, puedes sentarte y quedarte el tiempo que quieras. Nadie te molesta, y a la vez, es casi imposible que molestes a alguien, la tienda es en cierto sentido, solitaria. Pedí una bebida con sabor a manzana y un paquete de papas, me senté sobre el pavimento que cubre la entrada principal de la tienda y me dediqué a mirar a fondo la invisibilidad del viento que pasaba por mis ojos.

Mi teléfono celular comenzó a vibrar, era una llamada; Claudia.

- ¿Qué sucede? – Pensé que tal vez querrías venir hoy a mi casa, Rafael viene y también algunos otros amigos y amigas. – ¿A qué hora? – A las 3 de la tarde. – A lo mejor me encuentre ocupado. – No seas así. Yo sé que no tienes nada que hacer. – Intentaré pasar. No te prometo nada. – ¿Qué te sucede? – Nada. – ¿Es por Rafael? – ¿Qué me va a suceder a mí con Rafael? Me dices tú que lo que la gente dice es falso. – Pero, tú eres muy raro con esas cosas. – Mira, estoy desayunando, hablamos en otra ocasión.

Lo que menos quiero es escuchar su voz, no quiero sentir el color de su mirada, quiero, simplemente, ponerla en blanco y negro, dejarla en una página amarillenta, olvidarla, dejar que su recuerdo se torne borroso. Ella se ha olvidado de mí, de lo que alguna vez existió entre ambos, de los sentimientos que hace mucho tiempo me manifestó, sabe que aun estoy dolido, sabe que aun sufro. Y claro, quiere que yo vaya sólo para verla hablar con Rafael. Quedaré como un mismo idiota, todos hablando y riéndose mientras que yo admiro con agonía todo ese evento social al cual yo no soy bienvenido. Terminé de comer este desayuno antinutritivo y me fui a ver qué cosa extraña encontraba en mi apartamento. No había terminado de llegar a la esquina cuando me encontré con el famoso Rafael.

- Hey, Juan, ¿Cómo andas? – Pues tú sabes, ahí, dándole. – Eso está bien. ¿Te contaron sobre lo de Claudia hoy? – Si, ella me llamo hace unos minutos. – ¿Vas a ir? – La verdad no lo sé. Tengo cosas importantes que hacer. ¿Tú qué dices? – Sería bueno que vayas. – ¿Por qué dices eso? – ¿Qué razón tienes para no ir?

Le sonreí sarcásticamente y le di una pequeña palmada en el hombro y me fui. Rafael ha sido un gran amigo para mí. Pero, ahora está en una especie de relación amistosa muy fuerte con Claudia, quien fue mi novia hace unos meses atrás. Lo que me enoja es que se hayan aprovechado de mi falta de tiempo y presencia para ellos poder entonces realizar sus deseos; y a escondidas.

Llegué a mi apartamento y me quedé solo, sentado en mi cama con los pies paralelos apoyados sobre la alfombra. Hoy es domingo, no hay nada que hacer. Los cabellos de mi brazo han crecido un poco, mi barba ya lleva una semana. Me bañé y salí a caminar para no dejar que la locura de la soledad saboreara las esquinas de mi mente.

Cogí la ruta más rápida para llegar a la plaza del centro, caminé alrededor de quince minutos para llegar. Las calles están un algo abandonadas, son feas, los andenes algo rotos, y algunos muros se encuentran muy agrietados. Dejé que mi cuerpo reposara sobre una banca de madera que estaba justo al frente de la estatua de Simón Bolívar. Con su brazo eternamente levantado.

En mi mente los recuerdos venían con una fuerza negativa que me atormentaba, pero el viento que rozaba mi piel con delicadeza tenía la capacidad de aliviarme. Llegaron unos hombres con algunas guitarras acústicas, empezaron a tocar; al principio de manera desordenada, pero luego se organizaron y empezaron un repertorio cómodo y favorable al público. Los acordes de ese ritmo un poco popular y comercial llenaron y cambiaron el espacio abierto de la plaza en un ambiente algo alegre. No eran canciones tontas y emocionales que te hacen recordar algún amor pasado o alguna otra situación desagradable. Eran canciones que te hacían sentir algo divertido por la vida, incluso cuando no encuentras razones para sentirte así.

Mis oídos se entretenían con el sonido de la voz de aquel cantante que junto al sonido de las guitarras formaban la combinación perfecta, como para que un público sencillo y sin tantas pretensiones quedase deleitado. Recordé mi época de adolescencia cuando yo formaba parte de un grupo de Rock en donde yo tocaba la guitarra rítmica. Nunca fui bueno para ser el líder.

Recuerdo que en ese entonces yo tenía cerca de 17 años y me iba con mis amigos y compañeros de banda a varias ciudades. Nos iba bien, la gente nos quería, podíamos llegar muy lejos, pero como ese no era mi destino entonces nada sucedió y ahora estoy sentado en una banca escuchando a quienes se dedican a eso sin importar que sea en una plaza pública.

Se pasaron las horas algo rápido y se me ocurrió la brillante idea de regresar. La idea de ir hoy a la casa de Claudia a verle los rostros a todos esos maniquíes rosados me causa algo de cólera, pero, a la vez, me siento tentado a ir, a ver si de alguna forma ocurre algo a mi favor. A ver si de alguna forma algo imposible llega a suceder.

Estuve en mi apartamento hasta las tres y un cuarto cuando me decidí por ir a la casa de Claudia. Había pasado todo el día mirando el viento, escuchando al silencio, apreciando mi existencia, sintiendo el paso del tiempo que parece lento porque decido verlo lento.

Llegué y mi bienvenida fue algo cruda y no tan acreditada como seguramente a muchos le habían hecho. Claudia me dio un beso en la mejilla, Rafael me saludó con la mano derecha, el resto de personas solamente me dedicaron una pequeña mirada y luego retornaron a sus mecanismos de conversaciones que yo no logro entender y tampoco encajar. Mi cuerpo se paseaba como un cadáver, mi mente analizaba con odio todo aquello que sucedía a mí alrededor. Tomé una cerveza y me senté en una silla en el balcón.

- ¿Qué te sucede? – Nada. – Por favor, hablemos. Sé que algo te pasa. – Bueno, a lo mejor tengas razón. – ¿Puedes contarme? – Claro, pero, ¿En qué te afectará si yo te cuento o no? Igualmente siempre haces lo mismo. – ¿A qué te refieres? – ¡Por favor! ¿Crees que no me afecta? ¿Crees que me hace feliz el hecho de que seas así conmigo? – Entonces es verdad que estás celoso de Rafael. Pareces un niño. – No te apresures. Tú, aun estando conmigo empezaste a verte con Rafael y sé con toda certeza que solamente quieres destruir mi felicidad, y claro, ¡Yo me dejo! Por pendejo. – No digas esas cosas. Por favor. – ¿Qué quieres que te diga? ¿Qué te he olvidado y puedo sonreírte mientras te acuestas con alguien que fue mi amigo? Nunca me dijeron nada, me tocó enterarme por chisme. – Juan, no digas cosas que no sabes. Rafael y yo no tenemos nada. – No quiero discutir eso. Quiero que tengas muy claro que yo estoy intentando despertarme todos los días sin que tu recuerdo destruya mi existencia. Quiero mirarte a los ojos y verte como si fueses un cadáver que nada significa. Quiero dejar de ser tan inútil conmigo mismo.

Salí rápidamente del balcón, no soportaba escuchar la voz de Claudia ni un segundo más. Todos se dieron cuenta de que yo me encontraba enojado. Rafael intento averiguar qué me sucedía, pero mi agresividad lo alejó. Tenía ganas de golpearlo, pero no podía. Soy yo quien debe ser golpeado, me estoy atormentando yo solo. Mis manos empezaban a temblar y ahora ya no estaba donde Claudia. Ya no había más maniquíes rosados.

Caminé por el medio de la carretera, no pasaban autos, todo estaba vacío. Mis pies avanzaban lentamente mientras que en mi mente la confusión aumentaba rápidamente. Cada paso reflejaba la distancia que yo anhelaba de aquella mujer que me había humillado emocionalmente, la distancia de aquellos que sonríen hipócritamente. No entiendo por qué toda esta red confusa de malentendidos se ha propagado en mi existencia, no sé por qué Claudia, que me reemplazo, me sigue buscando. ¿Qué razón tiene para perturbar mi tranquilidad? ¿Acaso siente placer cuando ve que me desmorono como un edificio en demolición?

De repente, casi sin yo darme cuenta, apareció algo detrás de mí. Emprendí una fuga rápida, empecé a correr. Mi esfuerzo parecía inútil, las piernas agiles de eso que me perseguía eran muy fuertes y veloces; podía sentir cómo eso saboreaba mi desesperación. Me alejaba y eso se acercaba, los latidos de mi corazón aumentaron, mi mente se enfocó en una sola cosa. Escapar.
Escapar de este miedo, así como cuando de niño yo escapaba de las lágrimas que en situaciones dolorosas me atacaban para demostrar mi debilidad.

Me escapé con gran dolor en mi cuerpo, llegué a una esquina por la cual doblé y eso no se apareció. Entré al supermercado para comprarme alguna bebida para calmar mi sed. La fila para la caja de pago era un poco extensa, no más de 6 personas. Tenía paciencia, pero el miedo que me perseguía y la ira que se provocó en mi interior me hacían parecer impaciente. Todo estaba en silencio, sentía frio por culpa de los aires acondicionados. Quería irme de aquí, no quiero este frio, no quiero este miedo. Solamente quiero estar acostado en mi cama mirando el techo.

La señora de atrás de mi hablaba mucho sobre mimos y cosas similares, el señor que estaba por delante mío se reía y no dejaba de reírse. La fila no avanzaba, comencé a desesperarme. El sonido de los segundos taladraba mi estabilidad psicológica, sentía que enloquecía, me empezaba a dar ganas de gritar, quería gritar, gritar y salir corriendo. No lo hice, me quedé de pie en esa fila estática, la bebida en mi mano se iba aclimatando, la abrí. Recibí un llamado de atención por parte de la señora de atrás, no le presté atención, la iba a pagar, no me importa lo que una señora loca me diga sobre ingerir alimentos sin pagar. La fila avanzó milagrosamente, mi desesperación se iba calmando, sentí en mi interior una especie de vértigo, como cuando se va en un avión y éste sube y baja. Se me fueron las luces por un momento, me sentí débil. Tomé un sorbo de gaseosa y de repente…

… ¿Qué fue eso?... No puede ser. Es eso, viene con violencia, me atemoricé, pero ya era tarde para huir, los malditos que me rodeaban me atraparon. Me sujetaban con sus brazos ancianos, pero muy fuertes, mi debilidad era mayor a mi voluntad. Eso estaba contra mí, aplastando mi pecho, mi corazón.

¿Qué quieres? – Soy Emociones, vengo a destruirte. – ¿A dónde me llevan?...
¿A dónde me llevan?...






Juan Pablo Valderrama Pino.

martes, 21 de junio de 2011

Sueño.

Fue horrible, impresionantemente horrible; estaban por todas partes, como pedazos de un maniquí descuartizado.

Iba saliendo del baño cuando vi una sombra reflejada en la puerta del cuarto. Me alerté y quise buscar al dueño de la sombra, pero sólo encontré los cadáveres de mis mascotas. Estaban destrozados.

Tomé un profundo suspiro y escuché un extraño ruido; fui a la ventana para poder ver qué pasaba por fuera de mi mente. En lugar de ver deseos materializados, vi una extraña mezcla de tristeza y agonía que se revolvía en el cielo. Salí de mi casa y le pregunté a alguien qué era eso, y ese alguien me respondió que eso era el paso, o la puerta, al mundo Real, a la Realidad.

¿Real? ¿Qué es real? ¿Qué es eso que ataca al cielo y perturba la paz? ¿Por qué le llaman Real?

Comencé a imaginar cómo sería el mundo Real, pero sólo llegué a conclusiones que ataban a ese mundo Real a representación en mi cabeza; he crecido en un solo mundo, y si hay otro que es Real, entonces debe ser algo parecido al que conozco, como una copia desfigurada.

Seguí caminando a través del frío, viendo cómo todos caían en línea, listos para irse al mundo Real. Huyen y se esconden, se refugian en esa mezcla de tristeza y agonía que se revuelve en el cielo. No quiero ir a otro lugar, quiero saber quién mató a mis mascotas. Me encontré con el sendero que lleva al lago de la justicia, pero cuando deposité mis pies sobre el camino, empezaron a surgir lágrimas.

¿Qué sucede? ¿Por qué llorará el camino? ¿Será por la Realidad que quiere absorber al cielo?
No pude seguir caminando. Me tocó volar, para ver dónde y cómo estaba el lago de la Justicia, para saber qué sucedía. Al pasar por encima de la niebla que brota de la corteza de todos los arboles podridos, pude ver que el lago de la Justicia se había secado. ¿Cómo podremos vivir sin la Justicia verdadera? Cada quien recordará el sabor de la Justicia de acuerdo a su propia opinión… ya la Justicia no será un absoluto, sino que se volverá un concepto relativo.

Me evaporé y aparecí al frente de la mezcla Realidad. Pude ver los ojos de la Realidad, son como piernas temblorosas. Sentí un fuerte dolor en mi pecho, los brazos sin forma de la Realidad me empezaban a envolver en un suave y agonizante nudo que no me dejaba respirar. ¿Qué puedo hacer? Me toca aceptarlo, porque es simplemente Real.



Fue horrible, impresionantemente horrible; estaban por todas partes. Desperté de un sueño extraño y sólo puedo ver las imágenes de maniquíes rosados que se tropiezan entre sí, dejan escapar un suspiro de indiferencia e hipocresía… y ahora está en todas partes.