sábado, 24 de septiembre de 2011

Muerte en el silencio.

Me levanté de la cama y encontré mi ropa sucia tirada en desorden sobre el suelo. Miré a través de la ventana y no había trafico… hoy será de esos días en los que no encuentro razones para querer seguir viviendo, y vivo en esta mortal suspensión que sólo me deja el amargo sabor de los segundos que pasaron sin que yo me diera cuenta.

Luego de vestirme decidí salir para buscar mi desayuno en la tienda. Podía sentir un leve peso en mis parpados y los latidos de mi estomago hambriento.

Empecé a caminar mientras sentía un suave mareo que se disolvía en mi cabeza, pude ver algunas nubes que el viento empujaba disimuladamente sobre mí. Crucé la calle y escuché a lo lejos una melodía que me recordaba los besos de Adriana, se envolvió en mi mente como cuando alguien descarga sobre otro una nube espesa de tabaco.

Fue como un golpe inesperado, mi corazón explotó y se empezó a desangrar delicadamente en mi interior. Ahora tenía un agujero en mí, un agujero que absorbía mi alma con hambre de luz. La tristeza se posesionaba de mi vida mientras yo caminaba con mi rostro muerto de expresión; el espejo que reflejaba esta inexpresión era el viento que chocaba contra las paredes de las casas y contra el suelo.

Mientras más me acercaba a la tienda, empezaba a sentir una presión en mi pecho, era como si un mar de lágrimas estuviera a punto de desbordarse por mis ojos… eran todas lágrimas que ya había llorado por muchas noches hace meses. Cada paso que daba era como hundirme más en recuerdos y emociones que desgarraban mi piel con delicadeza.

A lo lejos vi el aviso de la tienda, no había nadie cerca; miré al cielo y vi cómo las nubes cambiaron de color… se agruparon como si quisieran estrellarse y combinarse en una sola masa gigantesca. Una pequeña gota cayó en mi hombro, era una gota cálida y de color morado; empezaron a caer más gotas de diferentes colores, y sin que yo me diera cuenta, la calle se empezó a llenar de color.

Seguía caminando con mi corazón destruido mientras esas gotas se aglomeraban y formaban una masa de colores mezclados. Mi caminar se dificultaba mientras esa masa crecía más y más; y entre más crecía incrementaba el dolor en mi alma.

Volví a levantar la mirada y vi unas aves que cruzaban el cielo y dejaban en mí el anhelo de abrir mis alas y escapar de este lugar, de los recuerdos que hoy me atan al suelo y me hacen sangrar por dentro. Mi cabeza palpitaba como si mi corazón estuviera en el lugar de mi cerebro… de mi nariz empezó a salir sangre… se deslizaba suavemente sobre mis labios y goteaba por el borde de mi barbilla… y la masa asquerosa de pintura mezclada seguía creciendo, ahora me llegaba hasta las rodillas.

Escuché muchos lamentos y alaridos que invadían mis oídos; levanté mis brazos y grité con todas mis fuerzas, pero ni el eco de mi voz escuché, sólo vi que mis alientos se perdían en lontananza y mis fuerzas se disipaban con el sonido de las gotas al caer sobre la superficie de la masa que me tragaba.

Traté de buscar una reja en la que me pudiera trepar, pero no encontraba nada. Llegué a la esquina y escuché un gemido silencioso, sentí rasguños y quejas mudas… vi y eran maniquíes rosados que se hundían en esta asquerosa masa que me tragaba. Esos maniquíes se acercaban a mí lentamente, yo me iba ahogando cada vez más en la masa que ahora se tornaba de color negro… un horrible pájaro apareció en el cielo y me miró.

Empecé a llorar como un niño pequeño lleno de miedo; no era miedo, era ¡terror!

Los maniquíes seguían acercándose y el horrible pájaro me seguía mirando; me di la vuelta y vi a una mujer desagradable vestida de gris, su cabello enmarañado y muy largo se ensuciaba con la masa que iba aumentando de tamaño. De las manos de esa mujer destilaba sangre, esa sangre se coagulaba en la punta de sus dedos y se evaporaba mientras caminaba, el olor de la sangre evaporada me embriagaba y me hacía sentir ganas de vomitar.

Ella, la soledad, se acercaba para hacerme el amor, para apropiarse de mí, para hacerse dueña de mis días y mis noches. Me llené de mucho más terror, ahora temblaba con la mitad de mi cuerpo inmerso en esta maldita masa que seguía creciendo.

El horrible pájaro bajó del cielo y vino sobre mí para comer mi carne, mis manos estaban débiles y yo no podía hacer nada.

Sentía este dolor que me absorbía y se alimentaba de mi tristeza… sólo por un recuerdo estoy a punto de morir; estoy en medio del silencio de todo este acontecimiento y nadie sabe lo que sucede.

¡No hay nadie!

Solo estos maniquíes rosados y la soledad a mis espaldas.




Juan Pablo Valderrama Pino.

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